Algunos apenas pueden caminar. El dolor es insoportable. Le dicen la enfermedad del encorvado. Yanina Díaz y muchos de sus vecinos en Villa Angelina o barrio Crucero Belgrano, al sur de la capital, la sufrieron o la están padeciendo en estos días. El chikungunya, patología que transmite el mosquito Aedes aegypti, nos sorprendió a los tucumanos con un récord de casos este año. Pero más allá de las cifras epidemiológicas, para los expertos, es un llamado de atención. ¿Por qué? Porque estamos ante otra muestra de cómo el cambio climático y el desorden urbano tienen un impacto directo sobre la salud.
Ese fue el punto de partida del especial “Cuando el cambio climático enferma”, un trabajo en profundidad que reúne testimonios, recorridos por barrios y la palabra de especialistas y médicos para entender qué está pasando hoy y qué podemos esperar para los próximos años, especialmente en lo relacionado a las enfermedades transmitidas por mosquitos.
Una de las claves para comprender lo que está ocurriendo es el proceso de tropicalización. El cambio climático está transformando regiones que antes eran templadas o subtropicales en ambientes con características más propias de zonas tropicales.
Esto implica temperaturas más altas y mayores precipitaciones, dos variables determinantes para la proliferación del mosquito Aedes aegypti, principal transmisor de dengue, zika y chikungunya.
Los efectos del calentamiento global no solo están modificando los hábitos de los mosquitos, que hoy sobreviven más tiempo y encuentran muchos más lugares propicios para reproducirse.
Los virus también se benefician. Con más calor, aumentan su capacidad de replicarse dentro del mosquito, lo que incrementa las probabilidades de transmisión.
En una entrevista con el reconocido inmunólogo tucumano Alfredo Miroli, el experto advirtió que el cambio climático está provocando transformaciones profundas en los mosquitos transmisores y en virus como el chikungunya, dengue y zika. Los cambios ya no son solo de comportamiento: existen modificaciones genéticas y epigenéticas permanentes que hicieron a los mosquitos más resistentes, adaptados al calor y activos durante más horas del día, incluso dentro de las viviendas y en invierno.
Miroli señaló que especies como el Aedes aegypti y el Aedes albopictus desarrollaron mecanismos biológicos para soportar temperaturas extremas y sobrevivir a períodos de sequía gracias a la resistencia de sus huevos. Además, remarcó que los virus también mutan más rápido debido a las condiciones climáticas extremas, generando variantes más eficientes para transmitirse. En el caso del chikungunya, explicó que algunas cepas lograron reducir drásticamente el tiempo necesario para multiplicarse dentro del mosquito y ser transmitidas. El especialista también alertó sobre el riesgo del zika, especialmente por variantes con mayor capacidad para afectar el desarrollo neurológico fetal.
Desorden urbano
Pero el clima, por sí solo, no explica todo. Para entender por qué estas enfermedades avanzan, hay que mirar también cómo crecen nuestras ciudades.
Uno de los factores centrales es la urbanización. El desarrollo de las ciudades, muchas veces desordenado, genera ambientes ideales para el mosquito: acumulación de residuos, recipientes con agua estancada y deficiencias en los sistemas de drenaje.
A eso se suma otro elemento clave: la densidad poblacional. A mayor cantidad de personas, mayor disponibilidad de alimento para el mosquito, y mayor circulación de virus.
En los barrios del sur de la capital, donde se concentra la mayor cantidad de casos de chikungunya, el problema se vuelve visible. El sudeste de la ciudad es el lugar más bajo del área metropolitana y cuando llueve sufre inundaciones, debido a la falta de planificación y de infraestructura.
Giselle Rodríguez, investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), resalta que donde hay un ápice de desorden –que puede incluir desde una tapita de gaseosa tirada en el suelo hasta una piscina sin mantenimiento–, se genera un nuevo lugar en el que el mosquito puede desarrollarse a gusto.
La profesional señaló que los brotes presentan un patrón repetido: los barrios periféricos y del sur de la capital tucumana vuelven a ser los más afectados, especialmente aquellos con menores recursos y presencia de microbasurales. En estudios realizados durante epidemias anteriores ya se había detectado esta relación entre condiciones socioeconómicas desfavorables y mayor circulación de enfermedades transmitidas por insectos.
Por su parte, la epidemióloga Andrea María Lascano remarcó que estas enfermedades responden a múltiples factores sociales, urbanos y ambientales. La falta de planificación, la vulnerabilidad social y las malas condiciones de vida influyen directamente en las epidemias. Además, sostuvo que muchas familias tienen otras urgencias básicas —como acceso al agua, alimento o trabajo—, lo que dificulta que la prevención y la eliminación de criaderos se conviertan en una prioridad cotidiana.
“El avance del chikungunya en Tucumán expone problemas urbanos y ambientales estructurales que van más allá de lo sanitario”, sostuvo Julieta Migliavacca, secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. La alta densidad poblacional combinada con falta de planificación urbana, canales desbordados, problemas de drenaje y basurales.
Un dato que modifica el enfoque: la mayor parte de los criaderos no está en la vía pública sino dentro de los hogares, en recipientes cotidianos que acumulan agua sin ser percibidos como un riesgo. El brote, en definitiva, funciona como un indicador; el mosquito no crea las condiciones desfavorables de la ciudad, simplemente las encuentra.
A este escenario se suma otro factor clave: la movilidad humana. Porque el mosquito no viaja grandes distancias, pero las personas sí.
¿Cómo llegó el virus a Tucumán? A través de casos importados, de tucumanos que estuvieron en Bolivia y en la costa argentina, donde se contagiaron. Con 423 casos confirmados y una suba del 33% semanal, la infectóloga Mariana Marcotullio del Hospital Avellaneda lo calificó como un hecho histórico. "Nunca se habían registrado tantos casos confirmados en la provincia", reveló. El mecanismo de ingreso fue explicado por Gustavo Costilla Campero, médico del Hospital Padilla recibido en la UNT: personas infectadas en zonas con circulación viral viajan a Tucumán durante la viremia, son picadas por mosquitos locales e inician nuevas cadenas de transmisión.
Juan Manuel Núñez, también médico del Hospital Padilla, subrayó que el NOA funciona como "corredor epidemiológico crítico", con vínculos permanentes con Brasil, Paraguay, Bolivia y Cuba, y advirtió que los veranos más largos y las lluvias constantes mantienen los criaderos activos durante más meses. Marcotullio también alertó sobre un probable subregistro importante, ya que muchos pacientes consultan tarde. El brote confirma que Tucumán ingresó en una nueva etapa sanitaria de vulnerabilidad frente a arbovirosis.
La enfermedad
Detrás de todo esto, hay personas que se enferman. Y estamos ante una patología que no pasa desapercibida.
El chikungunya es un virus que se transmite a través del Aedes aegypti, el mismo que transmite el dengue y el zika. Después de la picadura de un mosquito infectado, los síntomas pueden tardar en aparecer entre cuatro y ocho días. A diferencia de otras patologías, como el dengue o el zika, que muchas veces pueden pasar desapercibidas, en el chikungunya la mayoría de las personas desarrollan síntomas: fiebre alta, vómitos, diarrea y fuerte dolor articular.
Lo más característico de esta enfermedad no es solo cómo empieza, sino cómo puede continuar. En muchos casos, el padecimiento en las articulaciones no desaparece. Puede persistir durante meses o incluso años. Hay pacientes que ven afectadas sus tareas cotidianas, su trabajo y su autonomía.
Prevención
Con 423 casos confirmados hasta la semana epidemiológica 20 y una curva en ascenso, Tucumán enfrenta el desafío de contener el chikungunya con un abanico de estrategias que ningún especialista considera suficiente por sí sola. La investigadora Giselle Rodríguez señaló que la prevención primaria sigue siendo el eje más sólido, combinando eliminación de criaderos y educación social. Carolina Chiappini, jefa del Departamento de Prevención y Riesgo Ambiental, precisó que el control químico –fumigaciones– actúa solo sobre el mosquito adulto y no tiene efecto sobre huevos, larvas ni pupas, por lo que sin eliminación de criaderos no es efectivo. Leandro Medina Barrionuevo, director de Salud Ambiental de Tucumán, describió los operativos de bloqueo que abarcan 100 metros a la redonda de cada caso, pero advirtió que "hemos encontrado muchas viviendas con presencia de larvas", lo que evidencia falta de compromiso ciudadano.
En cuanto a herramientas innovadoras, el inmunólogo Miroli destacó el potencial de la bacteria Wolbachia, que reduce la capacidad del mosquito de transmitir virus. El problema es que esta no resiste a las altas temperaturas. A partir de allí, la estrategia consiste en desarrollar variantes termorresistentes y liberar los mosquitos. Esa bacteria pasa a toda la descendencia. Con el tiempo, la mayoría de los insectos de una región podrían tener esa protección, indicó. Miroli remarcó además que implementar esta estrategia es más inteligente que utilizar insecticidas.
La conclusión es compartida: no existe una solución única, y el control real del problema sigue dependiendo, en gran medida, de decisiones cotidianas dentro de cada hogar.
¿Qué podemos esperar para los próximos años?
Los especialistas advierten: es cada vez más probable que en un futuro no muy lejano convivamos con todas estas enfermedades al mismo tiempo: dengue, zika, fiebre amarilla y chikungunya.
El decano de la Facultad de Medicina de la UNT, Mateo Martínez, también hizo referencia al proceso de tropicalización de Tucumán impulsado por el cambio climático. Este produce temperaturas más altas, mayor humedad y expansión de enfermedades transmitidas por mosquitos. Según explicó, el fenómeno ya impacta directamente en la salud, aumentando los golpes de calor, problemas cardiovasculares y respiratorios, además de deteriorar la calidad de vida cotidiana.
Martínez sostuvo que el crecimiento urbano descontrolado, los desmontes y los cambios en el uso del suelo favorecen la proliferación del mosquito Aedes aegypti. Alertó, además, que enfermedades que hoy son epidémicas podrían transformarse en endémicas y que incluso la peligrosa fiebre amarilla –con altas tasas de mortalidad– podría convertirse en una amenaza para la región.
El médico remarcó que el cambio climático no es solo un problema ambiental, sino también social, económico y político, ya que profundiza las desigualdades: los sectores más vulnerables son los que más sufren las olas de calor, la precariedad habitacional y el acceso limitado a servicios básicos. Por eso, reclamó mayor planificación urbana, regulaciones ambientales y adaptación del sistema de salud para enfrentar enfermedades propias de regiones tropicales.
Los infectólogos Tomás Orduna y Aída Torres coincidieron con Martínez en que la epidemia expone problemas estructurales como la pobreza, la falta de planificación urbana y el deterioro ambiental, en un contexto donde el cambio climático ya está modificando el mapa sanitario de la región.
Para Torres, enfermedades como dengue y chikungunya dejaron de ser episodios aislados y pasaron a formar parte de una realidad endémica en el norte argentino. Además, apuntó sobre la posible llegada de otros arbovirus y sobre el riesgo de convivir simultáneamente con varias enfermedades transmitidas por mosquitos.
El ministro de Salud de Tucumán, Luis Medina Ruiz, advirtió que las temporadas de riesgo son cada vez más largas debido al aumento de temperaturas, las lluvias intensas y la adaptación del mosquito Aedes aegypti a nuevas condiciones climáticas. Alertó que la circulación viral en países vecinos como Brasil, Bolivia y Paraguay mantiene una presión epidemiológica constante sobre el NOA. El desafío sanitario, remarcó, ya no es responder solo a epidemias puntuales, sino adaptarse a un escenario donde estas enfermedades podrían convivir de manera permanente.
Está claro que el cambio climático no es solo una cuestión ambiental. Está directamente relacionado con nuestra salud y las consecuencias ya empiezan a medirse. Se estima que en las próximas décadas podría provocar unas 250.000 muertes adicionales. De ese total, alrededor de 60.000 estarían vinculadas a enfermedades transmitidas por vectores.
El escenario hacia el futuro, coinciden, será complejo. El desafío implica discutir cómo se planifican las ciudades, cómo se gestionan los residuos y cómo se fortalecen los sistemas de salud, entre otras cosas. Porque el cambio climático dejó de ser una amenaza futura para convertirse en una realidad cotidiana.